jueves, octubre 27, 2005

Mi amigo Herasto


La muerte de Herasto Reyes me conmueve de manera especial. La última vez que lo ví estaba inusualmente pasivo, la mirada perdida, taciturno. Me apresuré a saludarlo esforzándome por demostrarle el cariño de siempre. Pero él fue tan parco, que dudé que me recordara. Luego comprobé que el asunto no era personal, cuando un par de compañeros actuales del Diario La Prensa generaron animados temas de conversación alrededor de Herasto, quien apenas asentía sabiamente, parpadeando con suavidad.
Luego habló al oído de uno de los presentes y desapareció de la sala. Evidentemente hizo un esfuerzo por asistir a la presentación del libro de Hermes, pero no se sentía bien. Se fue sin dar excusas.
Le conocí desde mi niñez. Durante los mas crueles años de la dictadura, cuando no había partidos políticos y menos prensa libre. Herasto, mi padre y otros, compartían interminables jornadas libertarias arriesgando la vida anónimamente. Recuerdo su figura desgarbada, vestido con camisas relavadas y pantalones diablo fuertes que alguna vez fueron azules. Lo recuerdo llegando a mi casa en un pequeño escarabajo, cargado de volantes mimeografiadas y de afiches que denunciaban la desaparición del padre Héctor Gallego o rechazaban la "presencia imperialista yankee" en el país.
Él era un idealista, sí. Pero de aquellos que no se conforman con los sueños.
En una demostración de convicción y valentía única en su tiempo, fundó el Partido Socialista de los Trabajadores y lideró a un puñado de jóvenes, hombres y mujeres que como él, ansiaban una sociedad panameña mas justa y participativa.
Herasto fue mi primer gran maestro de periodismo. Muchas veces me recibió en La Prensa, donde corregía textos que nunca serían publicados. Me asignaba lecturas al azar y me hacía escribir sobre vivencias cotidianas. Luego, con paciencia corregía y me sugería técnicas de persuación en el lenguaje escrito. Todo a cambio de nada. Todavía atesoro una de sus frases repetidas, "...para escribir, tienes que leer."
Tuve el gran honor de escribir con él la guía turística de la Ciudad de Panamá, auspiciada por la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas. También coincidimos en foros profesionales, donde muchas veces discrepamos.
Pero mis experiencias alrededor de Herasto no son nada, en relación con una historia que él protagonizó solo. De muchos años sacrificados en fiel respeto y apego a elevados valores morales, ideales políticos, vocación periodística y literaria.
Aunque a sus 54 años, se le pudo considerar un hombre joven, hoy no diría que su muerte es prematura, porque él nunca desperdició ni un solo minuto de la vida.
Como intelectual, dejó un precioso legado. Entregó generosamente al país sus mejores años. Era un un hombre que encarnaba la humildad, lo único de lo que le escuché vanagloriarse, fue de sus orígenes en Vallerriquito de Las Tablas.
Sin embargo, su vida no pasó desapercibida. No era hipócrita y así de fácil cuestionaba y decía sus verdades.
Seguro que igual que para mi, habrá sido un ejemplo para mucha gente, que en honor a su memoria nos sentiremos mas comprometidos a servir honestamente y con solidaridad.
Le doy Gracias Dios por Herasto, por haberme regalado su ejemplo y por haberme permitido verlo antes de su partida.

miércoles, octubre 19, 2005

A seis meses de Benedicto XVI


Un día como hoy, hace exactamente seis meses, yo dormitaba recostado a una de las pilastras que sostienen el Brazo de Carlo Magno, en la Plaza de San Pedro. Cerraba los ojos perdiendo lentamente la conciencia, de pronto me despertaba alterado temiendo haber perdido la oportunidad de ver algo importante.
La tarde estaba oscura. Hacía frío y lloviznaba.
Era como un sueño. Desde mi rincón podía contemplar a miles de personas, que representaban el mundo con toda su diversidad, pendientes de la fumata blanca que anunciara la elección del nuevo Papa. Ya no tenía sentido estar en la salla de Stampa, donde decenas de periodistas conjeturaban todo tipo de historias y supuestas filtraciones de la capilla sixtina y la correlación de fuerzas que se disputaban la sucesión de Juan Pablo II.
La idea de que el Concilio se extendiera me mantenia inquieto. Hacia varios días que mis despachos a Panamá comenzaban a ser repeticiones, con leves variantes sobre el clima de expectación y misterio. Algunas notas de contexto denotaban la importancia histórica del acontecimiento.
La muchedumbre que se agolpaba en la Plaza creció a medida que transcurría la tarde. Era curioso contemplar al mismo tiempo, el explícito lenguaje de devoción de chinos, españoles, mexicanos, italianos, indios, canadienses, hondureños, filipinos, etc. montados en una montaña rusa, que en pocos segundos los alzaba al cenit de la emoción cuando la fumata aparecía blanca y al fondo de la resignación cuando cambiaba a negra.
Lo de la fumata fue todo un vacilón. A pesar que se previeron todo tipo de artificios para garantizar una señal inequívoca, al menos en dos ocasiones la gente ovacionó a un Papa inexistente y cuando finalmente eligieron a Benedicto XVI, miles no estaban seguros si la fumata era blanca o negra. Un día después leí un artículo de un periodista inglés que afirmó que el anuncio del escogimiento de Joseph Ratzinger o Benedicto XVI como nuevo Papa, fue recibido con desilusión entre la multitud. Pienso que estaba tan confundido, igual que los feligreses agolpados en la plaza.
Durante la fumata definitiva ya yo estaba parado debajo del balcón principal donde se asomaría el papa. Alrededor mío la gente rezaba el rosario, lloraban, cantaban y gritaban de júbilo cuando el Cardenal chileno dijo: Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam: Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Josephum Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI
La emoción llegó a nivel de euforia cuando apareció Benedetto, bendiciendo y saludando. Para mi lo mas difícil fue conservar la concentración en medio de tantas manifestaciones eufóricas, mientras narraba para el Canal 4 de Televisión.
De momento perdía el enlace. La comunicación telefónica colapsaba en forma intermitente dándome apreciables paréntesis de respiro, en una transmisión tan excitante y maratónica que de momento, no sé cuanto tiempo duró.
Solo sé que fue suficiente para reconocer la grandeza de la Fé Católica, el irrepetible legado de Juan Pablo Segundo y el gran reto de Benedicto XVI, a quien el propio Juan Pablo Segundo llamó “el amigo seguro”.