Viva el Cristo Negro

Como todos los años me adelanté al 21 de octubre y un día antes me fui para Portobelo. Hace más de cinco años es mi cita obligada. Obligada no es la palabra, es mi cita necesaria. Me gusta y me reconforta visitar la imagen del Cristo Negro. En ningún lugar de Panamá, en ninguna otra época del año me siento tan cerca de la crema y nata del pueblo esperanzado. La primera vez que fui a la festividad del Cristo Negro fue a realizar un reportaje periodístico sobre la devoción al Santo. Trabajé durante varios días conociendo y compartiendo el sacrificio de los fieles. Tratando de entender ese acercamiento íntimo al extremo del dolor. Me encontré alrededor de mucha gente muy humilde y decente. Y otros muy humildes, pero maliciosos desde la mirada intimidante, hasta los actos. Quedé profundamente impactado en medio de aquel escenario extraño, vivo y surrealista. Muchos feligreses se arrastraban o de rodillas llegaban desde la entrada del pueblo hasta la Iglesia de San Felipe. Con las espaldas chorreadas de cera de vela derretida y las rodillas descarnadas por el pavimento. De pequeño siempre escuché que El Cristo Negro es el Santo que los delincuentes invocan para protegerse de los males propios de su entorno y de la justicia. Muchos de mis vecinos, allá donde yo me crié en San Miguelito, pagaron mandas, caminando con cruces preñadas de canyac para la venta y consumo propio, en esos tiempos en que Ismael Rivera con su sublime canto al Negro de los milagros comenzaba a ganarse un espacio casi eterno cada víspera y durante las fiestas de Portobelo.
No lo puedo explicar, porque siento tanta paz rodeado de las plegarias y ofrendas sencillas. Yo no creo que la imagen es milagrosa. Yo creo que con la imagen Cristo se hace presente en medio de su pueblo sufrido. Se vuelve a representar a sí mismo de la manera mas humilde, para enseñarnos que el camino hacia Él se hace con el alma desnuda. Lo confieso, amo al Cristo Negro. Creo que en Él se refleja la misericordia del Jesús de Nazareno.


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